lunes, 20 de octubre de 2008

huerta y flores



Nuevo blog para compartir datos y fotos de plantas.

sábado, 18 de octubre de 2008

Secreto








Sutilmente se desprendió
lo vi
Cayó flotando como un pétalo
Sonreí
Tu mirada penetró el viento
resplandor
Después se aferró a mi piel
Lo sentí
Secreto e imaginario beso
Solo para dos

jueves, 16 de octubre de 2008

¿Qué pasa con las medias?





Por Silvia Graciela Oliverio





El gran jardín estaba tapizado de ocre. Aunque unas pocas flores se resistían con sus colores el otoño era inevitable.
– Será - dijo Martina, mientras sentía sus pies helados.
Un escalofrío subió por su cuerpo, y pensó con urgencia en un par de medias. Anita, que la había escuchado, se hizo la distraída, porque no pudo imaginar a que venía esa palabra completamente descolgada, y siguió lavando los platos. Martina revisó los cajones de la cómoda buscando calcetas; encontró un atado con una docena de medias y soquetes, pero todos distintos. Después, fue al lavadero, y revolvió con desesperación el canasto de la ropa para planchar. A simple vista, no había dos iguales. Comenzó a sacar del canasto todas las calcetas que encontraba, ubicándolas sobre la mesa. Anita abandonó la tarea del secado de la vajilla y le ayudó. Aparecieron las primeras dos medias idénticas. Martina las trepó a sus pies, e inmediatamente se sintió mejor. Luego, las dos sentadas, eligiendo sobre la mesa, como si fuera un juego, lograron armar algunos pares.
- ¿Cómo van tus estudios? - Preguntó Martina, mientras formada un suave bollito de dos soquetes azules.
- Muy bien, señora, en su biblioteca encontré todo para la clase de hoy. Estas son parecidas – observó Anita, mientras armaba un par con una media celeste y otra gris.
- Está bien – asintió Martina, y agregó – las usaré para dormir -.
- Pasan cosas raras, habría que prender velas a los santos – sugirió Anita, mientras guardaba los pares encontrados en el cajón de la cómoda.
- Si es por las medias, la explicación es que soy desordenada. Una persona que pronto terminará la secundaria, no debe creer en supersticiones. – respondió Martina, y devolvió al canasto un montón de medias de distintos tamaños y texturas, sin pares.
- Es que las que faltan, no están en ningún sitio de la casa, al menos que se hayan perdido en esos lugares que usted no me deja ordenar – Fue el imperceptible reproche de Anita.
- En los cajones y estantes prohibidos, solamente hay papeles, que algún día, cuando tenga tiempo ordenaré- acentuó Martina, como si en realidad hubiese querido decir ni se te ocurra revisar en esos espacios privados.
Anita no respondió, porque sabía que era la exacta verdad, de vez en cuando los espiaba un poco, y eran papeles, puros papeles. Algunos eran poemas, otros recetas de cocina, los más tenían números, pero no había allí ninguna media. Y siguió barriendo el piso, mientras pensaba en otras cosas extrañas que habían sucedido. Recordó el hisopo para encender el calefón, que no terminaba de oscilar sobre la manija de la ventana. No había quedado convencida con la explicación de Martina: - tiene que ver con el péndulo y algunas leyes físicas-. Tampoco le convencía que se trataba de una simple casualidad esas luces que se encendían en el campo a medianoche, justo en el momento en que los teros y los chajás gritaban enloquecidos. Sospechaba que en el campito cercano aparecía la luz mala.
Anita enceraba el piso de madera. Martina corregía los deberes de sus últimos alumnos, le faltaba pocos meses para jubilarse, mientras escuchaba música de jazz en su viejo tocadiscos. Después comenzó a escribir, tachó, volvió a redactar, corrigió y cuando le pareció que le gustaba, leyó en silencio la nota. Dudó en firmarla, pero no lo hizo. Después, la ensobró y la guardó en un cofre de mimbre en los estantes que Anita tenía prohibido ordenar.
En las serenas horas de la siesta, aparecieron unos nubarrones y algunos rugidos de tormenta cercana, las mujeres se apuraron a juntar la ropa del tendal.
- Las toallas y las medias están húmedas, juntemos solamente todo lo seco – dijo Martina mientras palpaba la ropa mojada.
- ¡Que olor a chinche verde! Exclamó Anita quitando los insectos aferrados a las sábanas.
- Hay cosas peores – respondió Martina minimizando el tema.
- Si, por ejemplo las cortinas que se mueven cuando todo está cerrado… (Anita persistía en su obsesiva imaginación mágica.)
- Es el viento que se filtra por las hendijas y por debajo de las puertas.
- ¿Y los aullidos de las noches de luna llena? – preguntó mientras se le caía un broche.
- Tal vez perros vagabundos o del pueblo que se escuchan desde aquí…. -
- ¿Y que pasa cuando quiero cargar la estufa y se queda estacionado el kerosene en el embudo y no quiere bajar? - insistió, en tanto juntaba el broche del patio.
- El botellón de la estufa queda hermético, lleno de aire que no puede salir, levantas el embudo y listo… se va el aire y entra el kerosene…. ¡Corramos! Ya llueve… -
Fue un chaparrón solitario, bienvenido para apagar la tierra reseca, e inoportuno para la ropa que quedó tendida. El viento cambió y el otoño continuó desparramando hojas secas.
En la tarde juntaron frutas, competían con un ejército de abejas que recolectaba el último néctar de la temporada en los caquis demasiado maduros, así que se ligaron dos picaduras cada una. Martina pensaba que era un bajo costo para el dulce exquisito que podrían probar en la mañana siguiente. Anita pensó que era la gota que rebalsaba el vaso, se quitó el delantal enérgicamente y dijo.
- Me voy a clases, le aviso, que a lo mejor me toman de empleada en la tienda…
- Me parece muy bien, me alegraría que cambies para mejor, aunque te extrañe…
- Gracias Martina, usted ha sido muy buena conmigo – agregó Anita, mientras miraba la luz de los veladores que titilaban, quizás por altibajos de la tensión eléctrica. Apenas terminó sus palabras pensó: - Esta casa es de locos…- y terminó creyendo que era terminantemente cierta su hipótesis de la casa embrujada.
Al otro día Anita no fue a trabajar. Martina hizo las imprescindibles tareas del hogar. A la tardecita, cuando la artritis comenzó a recordarle la edad, llegó Humberto, el administrador. Traía su rutina de papeles de impuestos y rendiciones de cuentas del campo. Revisaron los números en el enorme y antiguo libro de contabilidad. En una distracción del administrador, (Humberto en cada visita encontraba una excusa para distraerse un instante, en este caso fue darse cuenta que la señora, tan coqueta ella, tenía una media rayada y otra a cuadritos), Martina deslizó entre sus folios el texto que tan meditadamente había escrito el día anterior.
Cuando el administrador se retiró con la misma formal ceremonia de saludos de siempre, Martina se metió en su soledad de años.
Ya madura la noche, un revuelo de chillidos de teros alertó a la mujer, miró por la ventana y vio como se alejaban las luces de una camioneta, mientras las aves iban calmando poco a poco el alboroto. Apenas amaneció abrió el buzón y leyó la correspondencia. El telegrama, confirmaba la renuncia de Anita, (tal vez había encontrado empleo en la tienda, tal vez se había saturado de imaginar cosas raras), y la carta, aunque estaba firmada con una especie de seudónimo: “tu admirador secreto”, no le pareció anónima, era la misma letra que el administrador usaba en sus rendiciones de cuentas.
Martina caminó lentamente por el jardín, poco a poco fue descubriendo pequeñas flores que jugaban a las escondidas con las hojas perennes y sintió la pereza del sol que esparcía su luz alegrando la mañana. Las mandarinas pintonas colorearon su imaginación, y se tentó en probar una. El cítrico perfume le prestó un toque mágico. .
Mientras las yemas de sus dedos se deslizaron suavemente sobre el terciopelo bordó de una rosa inmensa, sonrió y dijo:
- Será. Será un otoño encantador. No solamente este otoño divino de oro y miel, sino también el maravilloso otoño de mi vida.
Prisionero del viento del oeste, pasó en volandas un duende transparente que se robó una media roja del tendal de la ropa.
(Tercer Premio en Cuento 6º Certamen Literario Provincial "Centenario de General Viamonte")

lunes, 13 de octubre de 2008

Poesía Sensual de Francisco Carrasco Iturriaga


Hoy quiero compartir con ustedes algunos de los poemas de Francisco Carrasco Iturriaga. Pueden leer otros en esta página:


MUSA I

Desnúdate
Quiero verte
impúdica
poro
a poro
galopar
en la punta de mi lengua.
Derrite la empalizada que te ausenta de mi cráneo
deja que mi aliento se introduzca en tus huesos.
Orgásmica
sube por mis venas.
Eyacula mi raíz
desvirgando el disfraz que me destierra
Seamos
esta gota
de sangre oxigenada.



MUSA II


Afuera
brisa aletea sobre aromos floridos
Adentro
Rocío y margaritas
empañan cristales
La noche gime
Crepita esta hoguera
A ritmo excitante
perfumada
desnudas mi lengua con tu piel

Me dejas inventarte




VISUAL


Desnuda
Sin palabras
Sólo gestos de diáfana escultura
Sales del agua vertical
te comparas en el espejo
Ausente de la prisa que me araña
humedeces tus labios
cepillas el cabello
acaricias tus pezones con yemas de algodón
Tu pubis me abrasa la mirada
Me aniquilas
mientras agonizo con los ojos
en el binocular

domingo, 12 de octubre de 2008

Soplo




Al fin,
Tu pelo revuelto
Se armó de libertad
Y encontró su vuelo…
No creas que sueño contigo,
Sueño con tus alas…
Sueño con tu brío.
Y
Ahora…
Ahora quiero verte planeando las mañanas de invierno
Sin sentir el frío, sin sentir el hielo… sin sentir el hilo.
El hilo invisible del sol
Que mueve tus brazos
Que amarra los míos...
Cuando vueles, sopla
Quien sabe, tal vez…
Despierte . . . . . . mis ansias
Remonte. . . . . . . . . . . mi vuelo
Justifique . . . . . . . . . . . . . el sueño
De soplar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . tus alas

Silvia Graciela Oliverio.

Girasoles Encandilados











GIRASOLES ENCANDILADOS

Tus girasoles encandilados
Centellean sobre mi piel,
Mientras los pétalos, dulcemente,
Pellizcan mis ilusiones.
(Bien sé, que no debo…)

Intriga un guiño de terciopelo naranja
Y yo, curiosamente intento atraparlo...
(Mariposa solitaria que abanica la tarde...)

Por todo lo que he perdido,
El resplandor inquietante del sol
Burbujea sobre mi cabeza.
Y yo, hipnotizada de luz,
Giro en círculos concéntricos.
(¿Quién dice que es imposible?)

Tengo intacto ese secreto,
Aunque mi mirada destile brillos amarillos
Y mi corazón palpite en tonos verdes...

Tus girasoles encandilados
Disimulan la alegría apretando semillas,
Esfumando minúsculas gotas de aceites esenciales.
Yo, retorciéndome en sensaciones
Me pierdo en el mar dorado...

Por todo lo que he encontrado,
El sol vigila mis suspiros.

Tus girasoles resplandecen,
Y encandilan mis sueños...
Que pena no poder contarlo.

Silvia Graciela Oliverio

sábado, 11 de octubre de 2008

Fotos Feria del Libro en Los Toldos


Algunas fotos de la Feria del Libro en Los Toldos se pueden ver en la presentación de la izquierda del blog. Gracias Griselda por las dos de regalo, en las otras se nota el poco profesionalismo de la cam de mi compu. Vale la instántanea para el recuerdo.

En esta, parte del stand de escritores del partido de General Viamonte. Elio Garciarena, Marta Guzzo y Graciela Soriano de Los Toldos; Norma Menuet y yo, de Zavalía.

jueves, 9 de octubre de 2008

JuninPais 2008


Ya se han publicado los ganadores de las menciones de honor en cuento y poesía del Concurso literario JuninPais 2008, un certamen con auspicio nacional, provincial y municipal:


Las mismas nos fueron entregadas en el Teatro de la Ranchería de la ciudad de Junin el 4 de octubre, en un emotivo acto, en el que como habitualmente se realiza se sorprendió a los ganadores de los primeros premios.

Se destaca este concurso anual por su buena organización y la transparencia del sistema de selección. Personalmente, agradezco a Rodolfo y Liliana la cordialidad que dedican a cada uno de nosotros.



viernes, 26 de septiembre de 2008

Cinema Paradiso


"Si estuvieras en mi corazón por un día, podrías tener una idea de lo que siento..." Alessio De Sensi

He leido en la Manuela Molina, que el sábado a las 21:30 hs, con entrada libre y gratuita en la Biblioteca Popular Mariano Moreno, de Los Toldos, se realizará una exhibición de afiches y proyectores de Roberto Nicholson y que se proyectará el film Cinema Paradiso.


Cinema Paradiso es una de mis películas favoritas. La disfruté muchas veces en casa, desde que compré la cinta de oferta en un video club, y hasta que la videograbadora pasó a ser una obsoleta caja de plástico que no vale la pena reponer porque ahora existe el CD y el DVD.


Es una película perfecta. El tema, la música, la fotografía, las remenbranzas de la censura que hemos vivido, el final, en fin... todo se conjuga para una creación maravillosa.


http://es.wikipedia.org/wiki/Cinema_Paradiso En este vínculo encontraran la ficha técnica y los premios recibidos.


La versión cantada en italiano por Josh Groban del tema de amor de Cinema Paradiso es encantadora. El tema se llama "Se" Música creada por Ennio Morricone y Andrea Morricone y letra de Alessio De Sensi.




"Se tu fossi nel mio cuore per un giorno Potresti avere un’ideaDi cio’ che sento io..."


"Si estuvieras en mi corazón por un día, podrías tener una idea de lo que siento..."


La letra completa en italiano, se puede ver en http://facetas.wordpress.com/2008/06/05/cinema-paradiso-love-theme/




El video, también se puede ver en You tube http://www.youtube.com/watch?v=AICSf6r8m24


Las imágenes son de la portada de mi cassette.


Feria del Libro en Junin


Con una variada e interesante oferta de actividades culturales, se está realizando la Feria del Libro en la vecina ciudad de Junin. El programa comenzó hoy 25 de septiembre y culmina el domingo 28. En el blog "La Pluma de Azrael" se puede visualizar el detalle del cronograma: http://eliowaldemargarciarena.blogspot.com/2008/09/feria-del-libro-en-junn.html .
Una salida de fin de semana distinta y recomendable para los aman la lectura.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Siglo de rosas y de espinas














Siglo de rosas y de espinas

Pueblo prestado en los juegos de las calles sin nombre,
En el canto de los pájaros flotando en la eternidad del viento.
La inquietud de los perfumes revolviendo recuerdos
busca las huellas extraviadas en los arenales de la sequía.

Irse. Volver. Quedarse. Andar. No todas son rosas…

Pueblo adoptivo, digo, tal vez por un sueño troquelado
Quizás por una sonrisa, quizás por amores perdidos,
No saber si fue esa cómplice mirada profunda,
O el abrazo de la inercia… siempre queda la duda…

Pueblo elegido porque aprieta los pies sobre la tierra,
Porque remonta vuelos flotando en nubes de colores,
Porque el rocío suelta despacio la dulce primavera
Y porque la blanca escarcha congela los silencios.

Volar. Detenerse. Caminar. No todas son espinas…

Bajo el manto de terciopelo negro de la noche,
desprendiendo estrellas titilantes de millones de años
O sobre el sol que se desparrama sobre el campo
Pasea María de Luján guardando todos los secretos.

Lluvia y llanto del verano, no todo es olvido.

Sobre los pajonales de un desierto milenario
Los árboles chupan las tierra hace solamente un siglo.
El tiempo sigue corriendo en el sudor de los surcos
Y en el andén sin trenes se estremecen los fantasmas.

Gloria. Triunfo. Desafíos. No todo está perdido.

En los desvelos del trabajo inconcluso,
Galopan los caballos perdiendo la libertad.
Ni músculos, ni manos, ni mente, ni cansancio
Nada le importa a la inmensidad del cielo.

Alegría. Dolor. Esperanza. No siempre es perdón.

Acurrucarse de soledad en una esquina.
Robar besos en un atardecer cualquiera.
En la ternura de un pétalo pellizcando ensueños
Un suspiro profundo se escapa en el ocaso.

La tierra renegrida me pide una semilla,
Clavo la pala, la siembro, y después…
Aunque me vaya, aunque me quede
Aunque no vuelva jamás…
Como quien no dice nada,
ya puedo sentir que Zavalía es mi pueblo.

Silvia Graciela Oliverio – 11/2007 -

miércoles, 10 de septiembre de 2008

6* Certamen Literario Provincial "Centenario de General Viamonte"


Luego del cierre de la primera feria del libro en Los Toldos, en instalaciones de la Escuela Técnica, se realizó un acto cultural con música y poemas, que culminó con la entrega de premios del Sexto Certamen Literario Provincial en honor al Centenario del partido de General Viamonte. El mismo fue organizado por la señora Marta Patti de Costa, con el auspicio de la Secretaría de Políticas Culturales, Educación y Relaciones institucionales, cuya titularidad ejerce la Profesora Viviana Guzzo. Entre el numeroso público asistente, se destacó la presencia de autoridades, escritores locales y de distintas regiones de la provincia que estuvieron visitando lugares de nuestro partido. Los premios entregados fueron:
Cuento:
1* Marta Cotroneo (Los Toldos)
2* Bruno Morroni (Los Toldos)
3* Silvia Oliverio (Zavalía)
Autor Distinguido: Esteban Fauret (Pehuajó)
Poesía:
1* Rosa Bustamante (9 de Julio)
2* Miguel Manzione (Los Toldos)
3* Horacio Melgar (Junin)
Autor destacado: Hugo Ramallo Garnica (Carlos Casares)

Fueron distinguidos con diplomas de honor y menciones especiales los escritores del partido de General Viamonte: Alejandra Pirrota, Dario Alvarez, Alejandra Altuna, María Elena Demicheli, Olga Beatriz Zocali, Juan Carlos Coron, Sergio Lombardo, Luis Garín, Norma Elvira Menuet, Norma Goycochea y Rosa Margarita Goycochea.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Escritora Invitada: Norma Menuet





HACIA LA TERNURA




Por Norma Elvira Menuet





Ternura,
Acaríciame con tus manos blancas
Hazme sentir tu calmada suavidad.
Embriágame aun más con tu fragancia.

Es que ¿sabes?
Yo vengo del mundo
En que el sobresalto acunó mi infancia,
Vengo de ver esconder las lágrimas de mi madre
Tras el disfraz de una sonrisa amarga.

Vengo del mundo de los sueños rotos
Y la juventud trunca de mi amada hermana
Vengo del mundo,
De la última mirada de mi niño
Diciéndome adiós sin palabras.

¿No me reconoces verdad?
Sin embargo esta sombra que ves soy yo,
Ternura en tu busca
He regresado de aquellos
Mundos desvastados.

Hallarte no ha sido fácil,
Pues no te conocía,
Ya que siempre me has faltado.
Desencuentro que el destino
Dispone sin consultarnos.

Hoy que transito la soledad
Y de mi vida es el ocaso,
Hoy que mis manos tiemblan,
Y mi voz se va apagando,

He de confesarte ternura
¡Siempre te he necesitado!

No soy fuerte ni valiente
Como a la vista parece
Tan solo para sobrevivir he aparentado.

Por eso es todo mío
El anhelo me recibas en tus brazos,
Como una madre me arrulles
Y me cubras con tu manto.

Que disipes la tristeza
Que me acompaña hace años
Que vigiles que mis sueños sean serenos y mansos,
Que un dulce aroma a rosas me adormezca
Y que ya más nada ni nadie
Perturbe mi descanso.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Premios Concurso Literario Trinidad Eroles

Organizado por la Biblioteca “Mariano Moreno”, el concurso literario “Trinidad Eroles” tuvo los siguientes resultados:

Cuento
1* Premio: Elio Waldemar Garciarena.: “Somno imago mortis”
2* Premio: Marta Cotroneo: “Aquel tiempo tan bonito”

Poesía
1* Premio: Norma Elvira Menuet: “Hacia la ternura”
2* Premio: Elio Waldemar Garciarena: “Paisaje campestre”

Mención: Mirta Artigas: “Cantares”

martes, 2 de septiembre de 2008

Los cien de General Viamonte

Los premiados en el concurso de arte "Los cien... General Viamonte", organizado por la Secretaría de Políticas Culturales, Educación y Relaciones Institucionales de la Municipalidad de General Viamonte:
Disciplina Literatura Mayores:
Poesía:
1* Marta Cotroneo
2* Elio Garciarena
3* Mirta Artigas
Cuento:
1* Silvia Oliverio
2* Marta Cotroneo
3* Rocio Spiritoso
Disciplina Literatura Menores:
único ganador en cuento: Gonzalo Tolosa
único ganador en poesía: Alejandro Esquivel

lunes, 25 de agosto de 2008

Feria del Libro en Los Toldos

Lugar de la Feria del Libro en Los Toldos:
Centro Cívico y Cultural, San Martín 108, Los Toldos.

Confirmado Apertura viernes 29 de agosto de 2008 y Cierre el sábado 30 de agosto.

Apertura: Viernes 29 de agosto por la mañana 10 hs.

Horarios: Viernes 29 de 10 a 12 y de 14 a 20 horas
Sábado de 15 a 21 horas

Entrada libre y gratuita

miércoles, 20 de agosto de 2008

RECUPERACION


Cuento publicado en "5 años de Poesía - Música - Arte" Ediciones de las tres lagunas. Segundo premio en cuento del Certamen literario regional.


RECUPERACIÓN
Por Silvia Graciela Oliverio


Inmensa la noche, desplegaba centelleantes manojos de estrellas. Sin ti, en la Radio Nacional, el concierto era maravilloso. Imprescindible es la distancia para meditar y entender. Creo que lograré olvidarte. No pude reprocharte nada, la culpa, fue de esa lluvia torrencial del mediodía. Las casualidades siempre necesitan un culpable.
Pocos vehículos interfiriendo el equilibrio suave de mi viaje. Supongo que la música puede hacer milagros. Mi pie izquierdo, el que no usaba para acelerar, llevaba el compás del piano y mis hombros acompañaban el violín. Me sentía como en una nube, evadiéndome de todo. Un recreo de la vida. Lamentaba no poder cerrar los ojos, para que los breves silencios de la orquesta fueran perfectos. Hubiese disfrutado esos instantes, para luego levantar los párpados y seguir descubriendo señuelos luminosos en el cielo. Quizás, nunca te volveré a ver. Prefiriendo corcheas y claves de sol a la falacia de tu encanto, seguía mi viaje. Tal vez, jamás te encuentre. Ojalá.
Repentinamente el volante comenzó a vibrar en mis manos. Maniobré la camioneta hacia la banquina, apagué el motor y bajé del vehiculo. Hacía frío y descubrí el neumático desinflado. –Nada me detendrá- pensé –. Yo puedo. Puedo cambiar una rueda, puedo prescindir de ti.
Los únicos acordes musicales que siguieron, eran los sonidos del campo, un murmullo inquietante. El cielo comenzó a esconder sus estrellas. Encendí las balizas, abrí el capot y aunque la linterna no tenía pilas, encontré la llave cruz. La caja que contenía el críquet hidráulico era un misterio para armar. Logré descifrar el rompecabezas, y traer a la memoria como trabajan en las gomerías. Las tuercas parecían inamovibles, luego poco a poco fueron aflojando. Mis zapatillas estaban embarradas y sentía la humedad en las medias. Un estornudo, preludio de un resfrío. Otra culpa para la lluvia del mediodía.
Cambié la rueda y aunque esas nubes flacas que taparon la luna comenzaron a gotear una llovizna, ajusté las tuercas con alegría, ya faltaba poco.
Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra de la noche. Guardé las herramientas y la rueda averiada. Un zapateo para sacudir el barro y a continuar el viaje. Enciendo el motor y el jazz inunda mis sentidos. En mi temporaria ausencia, había cambiado el programa de la radio. Es mejor que estés lejos de mí. Yo puedo seguir sola. Quiero ser libre. Libre de ti.
El limpiaparabrisas quitaba la llovizna. No se veían estrellas y la luna era un tenue resplandor detrás de la bruma. Embrague, primera y acelerador. La camioneta patinó. No avanzaba. Descendí para comprobar las ruedas encajadas en el barro. El motor bramando sin poder mover el vehículo. Tercera culpa para esa lluvia que aparentaba inocencia.
Luego de la primera sensación de desamparo, recordé que la póliza de seguros tenía asistencia al viajero. Marqué en el celular el número de emergencias. Prometieron enviarme la grúa en dos horas. Me invadió un cansancio repentino. Anclada en el barro, humedecida y con frío, me di cuenta que nada es peor que la soledad reciente.
El café y el azúcar, asomaban de la canasta de mimbre, pero la botella de agua estaba vacía. Quedaban dos alternativas, juntar agua de la llovizna o utilizar el bidón de agua destilada. Dada la urgencia por mi café, no quería esperar la lenta recolección de las gotas que quisieran depositarse en la pava, así que elegí la última opción. Por suerte el calentador funcionaba. El agua hirviendo empañó los vidrios, la volqué en la taza y revolví la infusión con un destornillador. Aunque agregué mas azúcar el sabor era amargo, raro…
Me quité las zapatillas, las medias empapadas. Indudablemente sucedía algo extraño, reinaba una oscuridad pavorosa, a excepción de ese polvo de brillantina que se empezó a acumular por todos lados. Algunas pizcas de luz lograban una refracción infinita en los pequeños cristales flotando. Ya no pasaban otros vehículos, solamente se escuchaba el golpeteo del agua.
Levanté la vista y te descubrí por el espejo retrovisor, estabas observándome desde el asiento trasero. Me pregunté de tu extraña aparición, estaba segura de haber trabado todas las puertas. Cuando ya había descartado cualquier posibilidad de reencuentro volviste. Estabas distinto, un brillo inexplicable en la mirada… Como antes, como cuando te conocí, con una sonrisa, sin palabras. Quité la vista del espejo y giré mi cuerpo. Continuabas allí.
Las yemas de mis dedos acariciaron tu piel, apenas rozaron la primera peca, una chispa liberó una luciérnaga que remontó vuelo, encendiendo una estrella. Probé con otra y pasó lo mismo. Me mirabas, como si no te sorprendiera el juego. Poco a poco, las estrellas vuelven a prenderse del terciopelo negro de la noche. Una a una, desparecen tus pecas. Tus 24000 pecas. Más de una vez las conté.
Me despertaron algunos golpes en la ventanilla.
- Grúa de la compañía de seguros – dijo una voz masculina.
- Buenas noches – respondí soñolienta y confundida.
- Buenas noches, señora - me contestó el hombre, mientras enganchaba un cable de acero en el paragolpes de mi camioneta.
El señor se ofreció verificar el estado de la rueda que yo había instalado, acepte de buen gusto, algunas dudas de mecánica novata me quedaban aún. Bajó sus propias herramientas y retocó las tuercas. En pocos minutos salimos del lodo. Fue un alivio.
- Puede continuar el viaje. Firme aquí – Me dijo en su rutina, exhibiendo un informe de auxilio. El hombre se despidió con la mano en alto, cuando vio que la camioneta se deslizaba por la ruta.
En la radio pasaban música de películas, me había perdido el final de la audición de jazz. La tormenta andariega se había retirado a otros mundos. El cielo era un brillo resplandeciente y la luna un redondel de esperanzas. Un triángulo de 24.000 estrellas, era la nueva constelación que descubrí. El tema “Se” de la película Cinema Paradiso fue el marco musical de mi duda, y casi mi deseo: ¿Te volveré a ver?

Sahumerio


Poesía publicada en:
NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA. 4ª Edición. Lord Byron Ediciones. COMPILADOR: Leo Zelada. Lima. Perú.
Sahumerio

Estrujan mis manos
Flores de lavanda
y el néctar perfumado
juega con mi cuerpo.

La humedad de tus ojos
empuja el cristalino
estallando en las pupilas.

Tu iris es un mar de olas.

En un instante mágico
Las olas son llamaradas.
El mar es fuego.

Tu mirada
penetra el aire
en transparencias de sol

Fin del juego.

Dos chispas invisibles
me abrazan y me encienden
repentinamente,
soy un sahumerio

TRES CENTIMETROS PUEDEN CAMBIARTE LA MAÑANA




Cuento publicado en "Homenaje a Antonio Magliano", Ediciones de las tres lagunas.

TRES CENTIMETROS PUEDEN CAMBIARTE LA MAÑANA
Por Silvia Graciela Oliverio

La mañana estaba fresca, la ruta despejada y el camión frigorífico avanzaba en su rutina. Una luz pálida iluminaba la vida, mientras el sol intentaba asomar perezoso. La cinta gris oscura del asfalto, se desprendía dividida simétricamente en dos por las marcas blancas, y en los cruces y curvas, quitaba un poco la monotonía un amarillo bien subido de tono. Los montes, los sembrados, las vacas pastando, pocos vehículos que transitaban anónimamente. Lo de todos los días. Antonio y el recorrido, el dinero, las deudas, el vencimiento de la patente, de la cuota del camión, de la luz, del gas y la moratoria de ingresos brutos, el zumbido del motor, el viento, la cercanía del cumpleaños cuarenta y ocho... Cuarenta y ocho... Cuarenta y ocho...
- ¿Cómo vengo a cumplir cuarenta y ocho?- pensó – sí, el martes. Y siguió pensando: Cuarenta y ocho... Escucho una vibración nueva, parece que viene desde una rueda delantera... ¿Será un rodamiento gastado? ... espero que aguante sin romperse nada. -
Encendió la radio, repentinamente había empezado a extrañar a su ayudante y sus cumbias insoportables... Buscó en el dial una emisora cualquiera, alguien cantaba una canción romántica conocida, en otro idioma. Pero ese día, era de meditación incontrolable:

- Al menos con Roberto mientras viajamos, conversamos de cualquier tema intrascendente, y no me deja concentrar en los problemas... tan rápido... tan sin darme cuenta... Cuarenta y ocho... y volver a empezar... Cuarenta y ocho... y nada nuevo que sea lindo... y tener que pensar otra vez en una casa, para dejar de alquilar... Cuarenta y ocho, y ¿porque todo me salen mal?... Y que pasará con el dólar, a las seis reunión de padres en la escuela por el viaje de egresados de Yanina, no me tengo que olvidar, sino, a escuchar las quejas de mi ex, se pone histérica la flaca, como siempre. Lamparitas, tengo que comprar lamparitas para el faro de posición... y un fusible de 10... ah... y también las pastillas para la presión. Que rápido pasan los años... Fue ayer nomás que nació Yanina... y ya termina la secundaria. ¿Qué teléfono tiene el abogado del divorcio? ¡Que bronca sin los anteojos no leo la tarjeta! – Los pensamientos venían solos, sin que nadie los llamara.
Antonio con dolor de espaldas, el frío que entraba por los ventanillas, en la radio el flash de las noticias, y después el tango “Naranjo en flor”.
El cartel de Los Huesos 2 kilómetros, lo hizo disminuir la marcha, bajó los cambios, y giró en la rotonda del acceso. El pueblo aún estaba dormido, las calles vacías, sólo se veía mucha luz en la cuadra de la panadería. Detuvo el motor en la carnicería y descendió con el talonario de facturas “A” en la mano. El portillo aún estaba cerrado con la traba, la deslizó y pasó al patio de tierra barrida. En pocos pasos estaba en la puerta del local, entró y esperó unos instantes. Demasiado silencio.
- ¡Marina! –llamó a la dueña-
- ¡Buenos días Antonio! ¡En unos minutos estoy! ... Baje la carne nomás... Ya le pago. - Contestó ella.
- Disculpe, que vine mas temprano, hoy estoy sin ayudante...
- No hay problema, enseguida estoy...
Intuitivamente, siguió la voz con la mirada, hasta que descubrió los vapores de agua que provenían de la puerta corrediza del baño, por supuesto, como la mayoría falseada y tres centímetros entreabierta. Desde el piso hasta el marco, tres centímetros se desplegaban en ese instante, sólo para él. La imaginó desnuda bajo la ducha, su figura recortada a través de la cortina de plástico. El agua que caía sobre sus hombros, que mojaba sus cabellos, la espuma del jabón recorriendo su cuerpo. Dejó el talonario en el mostrador, fue hasta el camión, cargó media res en sus hombros, caminó lentamente, volvió a entrar a la carnicería, pasó detrás del mostrador, y descargó sobre la mesa de la trastienda. Volvió a mirar su descubrimiento, desde los tres centímetros ya no salían vapores. Se está secando, pensó. La tentación insistía con él, vio una toalla celeste, un brazo, tal vez una parte de su espalda, la luz de la claraboya lo confundía un poco, una prenda negra que giró por el aire, es un corpiño... Ojalá que nadie arreglara la puerta... Sintió el soplido de un aerosol y un perfume floral se desparramó por el ambiente. Cuando escuchó que la puerta se abría, desvió la vista hacia la ventana, mientras se calzaba los anteojos para ver de cerca. Ella apareció espléndida, pero apurada, cuando llegó al mostrador, él, confeccionaba la factura “A”, multiplicaba con una calculadora de teclas grandes, los kilos por el precio, le agregaba el IVA, y sumaba el total, volvió a mirar el resultado en el visor, lo escribió en el papel y se quitó los anteojos, mientras ella, descolgó el delantal, de un almidonado blanco impecable, lo pasó por la cabeza, lo ató a la cintura, miró la factura y le pagó con el dinero exacto.
- Hasta mañana, lindo día- dijo él.
- Hasta mañana, parece que si- le contestó ella.
Él volvió al camión, dejó el talonario y los anteojos en el asiento del acompañante y prosiguió la marcha. La mañana seguía fresca, pero ya el sol iluminaba resplandeciente, la ruta despejada y el camión frigorífico avanzaba. La cinta gris oscura del asfalto, se desprendía dividida simétricamente en dos por las marcas blancas, y en los cruces y curvas, quitaba un poco la monotonía un amarillo bien subido de tono. Los montes, los sembrados, las vacas pastando, pocos vehículos que transitaban anónimamente. El vapor de agua, los tres centímetros abiertos a la fantasía. La melodía de la radio, The Beatles, y “déjalo ser”. El agua tibia cayendo sobre los hombros, la espuma del jabón, el resplandor de la llama roja de la estufa a kerosene, el perfume floral, la luz de la claraboya, la toalla celeste, la piel suave, los cabellos mojados, su voz, el corpiño negro, el delantal ciñendo su cintura, sus manos pagándole el importe exacto.
- ¡Cuarenta y ocho y me siento espléndido! – Antonio lo dijo en voz alta, mientras sonreía. Nadie lo escuchó.

martes, 19 de agosto de 2008

EL BRILLO


Cuento publicado en "Homenaje al Dr. Haroldo Andrés Coliqueo", ediciones de las tres lagunas.

“Nada es real”. John Lennon
EL BRILLO

Por Silvia Graciela Oliverio
Latente en el silencio del campo, viajaba la noche. El sol descendía ovillando hilos rojos. Algunas nubes, algodón de colores, flotaban en un cielo revolucionado. Una mujer conducía a ciegas, el camino se dibujaba hacia el ocaso. A la vera del sendero, los girasoles le daban la espalda. Ella necesitaba verlos brillar. Aunque iba retrasada, Graciela frenó y descendió del jeep. Su mirada se perdió entre los girasoles, que encandilados, eran un resplandor meciéndose como un mar amarillo. Un automóvil azul con vidrios polarizados pasó rodando a velocidad mínima.
Fugada del tiempo, ella pensó en esa planta exótica. Una aromática. Sucedió el día en que pidió turno para consultar al médico. Atravesó el zaguán buscando detalles de las centenarias pinturas de las paredes, hasta que vio a Marta carpiendo el jardín, su vincha fucsia resaltaba el brillo de sus cabellos azabache. Además de alquilarle un cuarto de la vieja casona, Marta, era secretaria del Dr. Plinio Rivadeneira. Mientras la dueña de casa se lavaba las manos en la bomba, Graciela descubrió el vegetal desconocido e inmediatamente tuvo una sensación extraña.
- ¿Qué planta es esa? –preguntó Graciela
- No lo sé, la trajo Rivadaneira, la usamos en sus experimentos, sus aceites esenciales dan brillo al cabello – respondió Marta, mientras anotaba el turno para el jueves.
- ¡Que linda es!, hasta mañana – saludó Graciela.
- Espera, te estaba por llamar por teléfono, ¿podrías pasar a máquina unos trabajos el doctor? La dueña de la casona, terminó la frase mientras le entregaba una carpeta celeste.
- ¿Para el jueves? Los manuscritos de los médicos suelen ser indescifrables – dudó Graciela, estudiando los rasgos de la letra.
Detenida en el camino, Graciela volvió a la realidad, miró la hora, verificó que los manuscritos y las transcripciones estuvieran en la carpeta celeste, se subió al jeep y continuó el viaje. Sobrepasó al auto azul. El sol se había escondido entre los techos del pueblo. Estacionó, y bajó apurada. Abrió la puerta del zaguán omitiendo admirar las pinturas. Su mirada quedó hipnotizada por la aromática. Las hojas verdes reventaban de apuro de los pecíolos rosados, formando un abanico vegetal de interminable encanto. Caminó lentamente, arrepentida de haber solicitado el turno con el doctor Plinio Rivadeneira. Lo había consultado antes, y como no le había recetado medicamentos, Graciela suponía una especie de incomprensión. Pero los dolores de espalda, cuello y hombros, eran insoportables. Su trabajo de periodista, y las extras pasando en limpio manuscritos, la obligaban a estar demasiado tiempo frente a la computadora. A eso, se agregaban su constante ansiedad y su desastrosa vida sentimental.
El médico no había llegado. En el corredor rojo esperaban los pacientes. Rosita miró su reloj pulsera, acercó y alejó la mano, buscando la distancia que le permitiera leer la hora. Elsa hojeaba una revista femenina, hasta que se detuvo en el artículo de ecología. Un niño con el brazo enyesado, jugaba con bichos cascarudos. El único hombre, con un llamativo suéter rojo, observaba desde el rincón de la pintura de las mariposas. Las paredes del corredor, también estaban adornadas con murales, aunque se notaban mas deteriorados que los del zaguán. Graciela le entregó la carpeta con el trabajo a Marta; y le pidió que marcaran los errores con birome roja. El hombre recorría el corredor mirando las pinturas. Marta entraba y salía de la cocina, con un halo de misterio. Sin que nadie se lo dijera, Graciela, se dio cuenta que había una secretaria nueva. Aunque estaba de espaldas, reconoció a Lorena, la chica que trabajaba en la panadería. En un principio, Graciela se imaginó que la inquietud de Marta se debía a su desplazamiento del puesto de secretaria. Más tarde, confirmó que se había equivocado de opinión. Marta le explicaba con detalle las planillas, como quien se quiere quitar la responsabilidad de una tarea. Con la misma ceremonia, Rosita volvió a mirar la hora. Lorena separó algunas fichas de la caja metálica.
El doctor llegó. Elsa fue la primera en entrar a la consulta. Marta se acercó a la periodista, y le consultó si le parecía bien que hiciera pasar a los pacientes por orden de llegada. Graciela estuvo de acuerdo, se sentía culpable por su tardanza. Después, Marta le comentó un hecho extraño, no encontraba sus recetas de cocina. Graciela la escuchó por compromiso, convencida que nadie se ocupa de robar esas cosas. Marta, afligida, le enumeró cada una de las recetas perdidas, y cuanto tiempo le había llevado la colección. Muchas las había copiado mientras las leían en la radio, otras eran legados familiares y algunas las había intercambiado con vecinas. Lo que más lamentó fue la pérdida de la receta del budín inglés, publicada treinta años antes como propaganda del Levarol.
Marta seguía inquieta, iba de la cocina al consultorio, y del consultorio a la cocina. Lorena llamó a la consulta a Rosita. Graciela decidió pedirle el gajo de la aromática a Marta. Lo había pensado una y otra vez, y había llegado el momento. Aprovechó que Marta estaba revolviendo una olla que desprendía vapores de mentas. Graciela no llegó a decir una palabra, apenas entró a la cocina, vio la cara de espanto de Marta y escuchó unos pasos de botas sobre el corredor. Graciela se dio vuelta para ver quien era, pero no lo conocía. Un hombre de gafas oscuras y pasos firmes avanzaba, desde la puerta abierta del zaguán asomaba el automóvil azul. Cuando Graciela volvió a mirar dentro de la cocina, Marta abría la portezuela de la estufa de leña, y metía la carpeta celeste. Después, hizo un ademán y le dijo murmurando suavemente – entretenelos, al hombre de rojo y al de anteojos oscuros- Graciela vio como el fuego atacó la carpeta celeste, los manuscritos del doctor Rivadeneira y las blancas hojas impresas que le habían consumido tantas horas de trabajo en la computadora; e intuyó que el problema era importante.
La periodista giró sobre sus talones y caminó apurada. En esos pocos instantes, una fuerza interior le dijo que tomara el fichero. Lorena, juntó las fichas médicas sueltas sobre el escritorio y las guardó sin orden. Graciela miró a Lorena, y le dijo –Vamos - .Lorena la siguió sin entender que pasaba. Desde lejos, pudieron ver a Marta que azuzaba el fuego para que no quedaran rastros del contenido de la carpeta celeste. Ya en la vereda, las dos mujeres fueron tomadas fuertemente de los brazos, y en un instante, se encontraron viajando a gran velocidad en el auto azul con vidrios polarizados. Cuando llegaron al lote de girasoles, el coche se detuvo. Graciela siguió con el fichero en su falda, hasta sentir la punta de un arma que hurgueteaba en sus costillas, inmediatamente, lo entregó. Lorena se perdía corriendo entre los girasoles, mientras los hombres iban pasando las fichas. Se enteraron que Ana padecía hipertensión arterial, Anselmo portaba colesterol, y en la ficha de Graciela se leía perfectamente: “diagnóstico: desequilibrio emocional”. Cuando llegaron a la ficha de Rosita se escuchó una frenada y un grito –Alto Policía – Esposaron a los desconocidos, y mientras los subían al móvil patrullero, Marta le comentó algo al oficial. El policía, buscó en la guantera del automóvil azul y regresó con un sobre. Marta no disimulaba su alegría, había recuperado sus recetas de cocina. Miró a Graciela y le dijo:
- El hombre del suéter rojo me las había robado, pensando que eran las fórmulas de doctor. Fue el día que sacó el turno. Cuando se dieron cuenta que no era lo que buscaban, decidió ir a la cita, para insistir en la búsqueda. Ahora estarán varios días a la sombra.
- Buscaban lo que yo pasé a máquina, por eso usted lo quemó – concluyó Graciela.
- Marta, ¿Usted lo quemó? ¿Los manuscritos también? – Increpó el doctor Rivadeneira.
- Sí doctor – contestó Marta
- ¡Marta! ¡Debo rehacer todo! Mañana pensaba sacar la patente, que es la única seguridad que tenemos para que no vuelvan a intentar robar las fórmulas – Rivadeneira parecía desesperado.
- No se preocupe, doc, le puede tomar “desequilibrio emocional”- Le dijo Graciela, mientras sacaba del bolsillo de su pantalón un disquete y se lo entregaba al médico. Después agregó – Solamente falta imprimir de nuevo y corregir los errores.
Se acomodaron en el auto y el médico encendió el motor. Apenas alumbraron el campo, vieron a Lorena que aparecía entre los girasoles. La joven asustada, subió al automóvil preguntando:
- ¿qué buscaban?
- La fórmula del brillo del pelo. En un momento sospeché que eras cómplice – Le respondió Marta.
- Me vendría bien que me la pasaran – dijo Lorena, tirando de un mechón de sus rubios y pajizos cabellos.
Aunque era medianoche, Plinio Rivadeneira recordó que no había terminado la consulta: - Llegamos y la atiendo, Graciela.
- No es necesario doctor, solamente voy a buscar el jeep, ya me siento mejor, mis contracturas musculares aflojaron. El doctor Rivadeneira estacionó su automóvil gris detrás del jeep.
- Por lo menos le pagaré el trabajo ¿Cuánto es? Dijo el médico, mientras ingresaban a la casa de Marta.
- Esta vez, y debido a las circunstancias, no será en dinero, hay algo que deseo mucho, mucho, un gajo de esa plantita – contestó Graciela, mirando la verde aromática.
- Preparo café –ofreció Marta, mientras retiraba un hijuelo con raíz de la planta.
- Yo gracias y hasta mañana – dijo Lorena. Acomodó el fichero recuperado y retiró su cartera del escritorio.
- Ha sido demasiado para un primer día de trabajo – observó Marta.
- Yo acepto – dijo Graciela, - estoy segura que tendré una noche de insomnio.
- ¿En una noche de insomnio se pueden repasar las fórmulas? – Preguntó Plinio Rivadeneira, mientras buscaba el disquete en el bolsillo de su guardapolvo.
- Si doctor, gracias a la nueva tecnología - respondió Graciela, mientras le cerraba un ojo a Marta.
Rivadeneira la miró sonriendo y le dijo:
- Yo también soy de capaz de hacer muchas cosas para conseguir lo que quiero...
La luna llena reinaba sobre la llanura. Los girasoles, desconcertados, esperaban el sol mirando al oeste. Un jeep y un auto gris jugaban entre el polvo del camino. La noche se desvaneció entre mates, papeles y la pantalla de la computadora.
Desperté muy cansada. El sueño parecía interminable. Me peiné frente al espejo, observando mi rostro soñoliento y mis cabellos opacos, cuando me interrumpió el timbre. Abrí la puerta, me encontré con Marta y el Doctor Plinio Rivadeneira. El médico llevaba en sus manos una carpeta celeste. – Pasen – pude insinuar sorprendida. Marta me presentó al nuevo médico del pueblo. Lo conocía de vista, pero por primera vez escuché la voz del doctor, mientras me comentaba de la urgencia de la transcripción de sus manuscritos para un congreso. Antes de irse, Marta me ofreció una maceta con la soñada aromática. – Gracielita, te traje la hierba que da brillo al cabello, esa que te gustaba tanto en mi jardín- me explicó en voz muy baja, y agregó – Como sabes, los médicos no creen en el poder de los yuyos. Mientras miraba como se alejaba el automóvil azul del Dr. Rivadeneira, quedé empalagada de luz con el brillo de los girasoles encandilados por el sol del mediodía No me animé a preguntar por Lorena, supuse que jamás habría dejado su puesto en la panadería. .
Ya estoy terminando de redactar las noticias para el diario. La carpeta celeste espera su turno, espero entender la letra del médico. Por mis ventanas, siempre abiertas, puedo ver la aromática que me saluda al mecerse con el viento. En este momento, un automóvil gris está pasando a velocidad reducida. Un escalofrío corre por mi espalda: me están vigilando.